La observación se sí a veces aparece de la nada… El observador es también ese pensamiento, rey por tres segundos, al que el Cuarto camino llama un ‘yo.’ Y como todo ‘yo’ lucha con sus colegas por ocupar espacio en nuestro mundo psicológico.
Si “Hagamos un café,” o bien “Vamos a lavar la ropa” han controlado nuestros actos por el momento, el observador se encuentra entre varios otros que proponen cosas tan diversas como “Escuchemos un poco de música,” “Hay que comprar aceite para la ensalada” o “Hace rato que no lo veo al vecino, ¿estará enfermo?”
Algunas acciones externas no pueden ser compatibles con otras. Por ejemplo, no se puede ir a comprar algo y lavarse la cara al mismo tiempo. Pero sí se puede hacer café y escuchar música de manera simultánea.
Observarse a sí mismo pertenece a esta última categoría: cualquier cosa puede hacerse tanto observándose como sin observarse. De manera que, en general, cuando este ‘yo’ se manifiesta simplemente empieza el proceso de observar cualquier otra cosa que uno esté haciendo, lo que, en principio, es una ventaja.
Claro que la aparición aleatoria de un ‘yo’ no puede garantizar que el trabajo tenga la consistencia y profundidad requerida para encarar una lucha constante como la que se necesita para despertar.
Pero… ¿quién puede ayudar a que ese ‘yo’ tenga oportunidad de manifestarse con frecuencia? De hecho, debe haber en nosotros alguien que valore esta actividad. Hay en nosotros un componente capaz de valorar lo que cada observación muestra: lo llamamos el corazón. A este componente (nuestro centro emocional), de hecho cercano a la bomba que tenemos en nuestro pecho, el resultado de la observación nunca le es indiferente. Es el corazón quien se da cuenta del estado, de si el verdadero Ser se hace presente, o si las condiciones no son las adecuadas.
Es quien de inmediato comienza a asociarse con nuevos ‘yoes’ que estén interesados en permitir que el verdadero Ser, que suele aparecer en cuanto ve el esfuerzo por observar el momento presente, se pueda manifestar.
Estos ‘yoes’ acompañantes pueden generar indicaciones que tiendan a favorecer la manifestación del Ser, tal como mejorar la postura física –estar encorvado o caminar mirando al piso suelen favorecer la entrada de imaginación y la concentración absoluta en ella– o bien crear un ambiente emocional más equilibrado y positivo con una música más armoniosa que estridente. Es el corazón quien al favorecer estos nuevos ‘yoes’ que surgen como resultado de la observación, irá formando en nosotros un mayordomo, alguien que, en ausencia del dueño de casa, trate de mantenerla en buen estado para que cuando este (el verdadero Ser) llegue, pueda sentirse cómodo.
Hemos citado la posibilidad de mejorar la postura física, o de crear un ambiente favorable emocionalmente a través de la música. Son solo ejemplos. Se puede intentar observar y mejorar –con criterio afín al propósito de permitir la llegada del verdadero Ser– nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestros movimientos, la manera en que comemos, en que hablamos, o bien la belleza de las impresiones que nos rodean o de las que nosotros mismos transmitimos a los demás. Podremos ver que muchas veces prensamos demasiado en cosas sobre cuya existencia no podemos evitar, como lo que hacen los demás, que nuestros sentimientos no pasan de la aceptación o rechazo automático (me gusta, no me gusta), que hacemos múltiples gestos innecesarios para darnos a entender (a veces sin que nuestro interlocutor pueda siquiera verlos), que cuando comemos ni siquiera damos atención al gusto que tiene la comida ya que de inmediato comenzamos a preparar el siguiente bocado, o que en una conversación, preparar lo que vamos a decir ocupa el espacio que debíamos destinar a escuchar a los demás.
Como con cada observación aparecerán nuevas cosas que podemos intentar modificar con nuevas actitudes, y con cierta frecuencia también el verdadero Ser aprovechará para aparecer, el mayordomo irá creciendo, lo que hará más difíciles los momentos sin ninguna observación. Por si esto no fuera suficiente, el Ser comunicará su desagrado si permitimos demasiadas cosas que ya habíamos observado antes, con una emoción que el corazón comprenderá de inmediato.
En una palabra, la observación de sí pasará, de ser un ‘yo’ aislado entre muchos, a ser un verdadero ejército de actitudes que defiendan los intereses del Ser, con cada vez mayores oportunidades de hacer su aparición.