Desde que empezé a ir a la primaria, mi madre tenia un restaurante donde vendía comida corrida para los locales de alrededor, asi que desde una edad muy temprana tuve la curiosidad de crear mi propia merienda, dándole diferentes aromas y matizes tal como un artista plasma los colores en el lienzo.
Al encontrar el Cuarto Camino, se me abre una gama de información donde me dá la oportunidad de refinar tanto mi paladar como mi percepción en general de la belleza, lo cual me brinda momentos de contemplación por medio de prácticos ejercicios. Uno de estos ejercicios es el estar presente al platillo que voy a ingerir. Primero por medio de agradecer que ese alimento servirá para nutrir mi cuerpo. luego, por medio de admirar la composición que ésta comida ofrece a la vista, enseguida, el deleite que éste trae al gusto y después, la recompenza de un estómago satisfecho.
Descubro que ahora con los cambios hormonales, uno de los obstáculos mas fuertes que me separa de prolongar la presencia cuando ésta ha encendido la luz interior es la avaricia, es decir, disfruto tanto de la comida, que me pierdo en el placer y abandono la meta. Sin los ejercicios de la comida, mi trabajo se vuelve obsoleto. Debo estar en constante guardia para que el primer bocado sea sacrificado, es decir, ponerlo a un lado y volver a dejar los utensilios sobre la mesa,dar un pequeño sorbo a mi bebida, después seguir muy de cerca que el siguiente bocado que pase por mis labios no sea tragado sino saboreado, observando la textura, el color y el sabor de los diferentes ingredientes para después de haberlo masticado a papilla, pasarlo a la digestión.
Esta en sí es una ardua tarea donde la lucha es un estrago diario y constante, sin embargo, los esfuerzos por separarme de la avaricia, me llevan a poseer un nivel superior.

“Sin la lucha, no hay progreso ni resultados. Cada ruptura del hábito, produce un cambio en la máquina.” – Gurdjieff