Las expectativas suelen acompañar en mí cualquier proyecto que decida llevar a cabo. Desde la primera vez en que se me ocurre que podría hacer algo, mecánicamente aparecen estas expectativas sobre el resultado que, eventualmente, podría obtener.
A veces, la aparición de estas expectativas se puede asociar con el proceso necesario para llevar a cabo el proyecto, como cuando uno decide hacer determinada comida y debe pasar por decidir cómo prepararla, con qué ensalada acompañarla, con qué clase de bebidas va, etc. De algún modo, se están alimentando expectativas sobre el resultado deseado.
Otras veces, sin embargo, permitir que se manifiesten en torno al resultado interior que vamos lograr (un momento alegre, el reconocimiento de otros, etc.), es algo que acaba siendo inconveniente para que se realice este resultado.
Sobre todo, cuando lo que se busca es generar un momento que permita que estemos más conscientes de nosotros mismos y del ambiente que nos rodea, dejar que las expectativas se manifiesten acaba por frustrar cualquier posibilidad de valorar un éxito en la tarea. Porque una expectativa se puede transformar muy pronto en una clase de imaginación tan poderosa que nos ciegue a la correcta percepción de un resultado, especialmente si este es muy pequeño.
El trabajo para permitirnos acrecentar la consciencia en un momento requiere que nos separemos de cualquier expectativa que aparezca sobre la misma naturaleza de los resultados.
A le vez, el trabajo exige que nos observemos para ver el resultado del esfuerzo. Quizás la primera impresión sea que esto es una paradoja, pero no lo es: observarnos es simplemente mirarnos y, al hacerlo, vemos el resultado obtenido. Es allí donde las expectativas quieren entrar para ser comparadas, para dar material para hacer un juicio entre lo que vemos y lo que esperábamos ver, y es esto justamente lo que tenderá a anular cualquier resultado.
Si me propongo mantener la mente calma mientras veo avanzar las manecillas de un reloj, como en el ejercicio que ya se ha comentado en notas anteriores, si permito que se formen en mi mente expectativas respecto de qué voy a experimentar mientras la mente esté calma, solo atraeré juicios y comparaciones que evitarán que la mente esté calma. La observación solo debe limitarse a vigilar si aparecen pensamientos, sensaciones o sentimientos que turben esa calma. Si se rechaza cualquier comparación con lo que se esperaba, aún se estará a tiempo de mantener la mente calma por unos segundos más.
Como estos pensamientos, sensaciones o movimientos aparecen de manera constante, dicha calma solo es posible mientras la vigilancia esté libre de compromisos con la imaginación, incluso con la imaginación sobre los resultados. En una palabra, la vigilancia debe ser constante y, cuando esta se contamina de juicios y comparaciones, ya no es vigilancia y solo se puede empezar de nuevo. Ese es un modo de separarse: dejar de lado toda expectativa.
El Dante cuenta que en las puertas del infierno había una advertencia: “Dejad toda esperanza los que entréis…”
Acrecentar la consciencia, dividir la atención, precisa mucha práctica y, prolongar ese estado, mucho más práctica. Pero siempre se está a tiempo para comenzar.

“Al principio debe tratar todo el tiempo solo de comprender el sentido y el significado de este ejercicio, sin esperar obtener ningún resultado concreto.” George I. Gurdjieff, La vida es solo real cuando “Yo soy.”