Si hemos aprendido a observarnos y a separarnos correctamente de la primera reacción que aparezca (que puede ser un juicio sobre el resultado del esfuerzo, o una comparación con lo que esperábamos obtener), quizás tengamos la suerte de poder observar también cómo aparece, de manera muy tenue en los primeros intentos, un cierto estado de serenidad y atención que ve lo que sucede sin ser alterado por aquello que vea.
De hecho, el intento de separarnos de esa primera reacción es solo posible si la atención se divide: debe observar a la vez lo que sucede afuera (lo que estamos haciendo) y lo que sucede adentro (la reacción mecánica que nos proponemos detener). Si se lo logra, aparece justamente ese estado: el recuerdo de sí. Un estado que refleja cuáles son nuestras posibilidades más altas. Posibilidades que se harán realidad en la medida que continuemos con el esfuerzo.

“Hablo de la división de la atención que es el rasgo cara característico del recuerdo de sí. Lo represento para mí del siguiente modo: Cuando observo algo, mi atención se dirige hacia lo que observo, como una línea con una punta de flecha:
Yo ——————> el fenómeno que observo.
Cuando a la vez trato de recordarme, mi atención se dirige tanto hacia el objeto observado como hacia mí mismo. En la línea aparece una segunda punta de flecha:
Yo <——————> el fenómeno que observo.
Habiendo definido esto, vi que el problema consistía en dirigir la atención hacia mí mismo sin debilitar ni distorsionar la atención que se dirigía hacia otra cosa. Además, esta “otra cosa” podía también estar dentro o fuera de mí.” P. D. Ouspensky, Fragmentos de una enseñanza desconocida

El mismo Ouspensky reconoce su dificultad, pero también que en nuestra vida todos tenemos experiencias espontáneas de recuerdo de sí. Una sorpresa inesperada, un accidente, un encuentro con alguien que, al menos de momento, creímos que era como “nuestra alma gemela,” quizás la primera vez que vemos nevar donde casi nunca nieva, llover donde no suele llover, el mar cuando vivimos lejos de él, la montaña si habitamos el llano…
Entonces, si el recuerdo de sí es tan sensible a los choques que nos depara la vida, es necesariamente sensible a los choques que podamos darnos desde adentro. Si en el momento que podemos saborear una comida favorita intentamos darnos cuenta de su sabor y de nuestro placer al sentirlo, podremos provocar esta misma división de la atención. Si cuando alguien nos habla intentamos oír lo que nos dice, frenando esos preconceptos sobre lo que creemos que nos va a decir y, también los pensamientos que se adelantarán a preparar una repuesta (generalmente basados en lo que creíamos que nos diría), esta división estará allí y experimentaremos el recuerdo de sí.
Es cierto que, al principio, el estado será muy breve y que rápidamente regresaremos al estado ordinario donde la atención solo se dirige en un solo sentido o está muy distraída. Sin embargo, la única oportunidad es la de intentar otra vez, sea lo que sea que estemos haciendo y usar el sentido común para ver qué hacer: si estamos leyendo, habrá que intentar leer lo que allí dice, sin permitir asociaciones, si estamos cortando el césped del jardín, atendiendo el trabajo de la cortadora de césped para que esta solo corte césped y no dañe un rosal vecino…
Si tenemos la suficiente insistencia y firmeza, poco a poco podremos ver progresos en nuestra tarea por quebrar el impulso mecánico de nuestro organismo de permitir una vida sin un objetivo psicológico definido. Vivir en sueños es, finalmente lo que está garantizado si no intentamos nada para aumentar la consciencia. En cambio, cada éxito, por pequeño que este sea, nos proporcionará la energía emocional necesaria para un próximo intento.

“Este es nuestro estado del ser, así que verdaderamente estamos dormidos. Solo podemos despertar si corregimos muchas cosas en la máquina y trabajamos con mucha persistencia sobre esta idea del despertar, y por mucho tiempo.” P. D. Ouspensky – El cuarto camino