En mi caso –y quizás en el de la mayoría de las personas– darme cuenta de que vivía inmerso en el sueño más absoluto fue más un proceso que algo que se reveló en una ocasión aislada.
A lo largo de un tiempo de observación bastante prolongado, comencé a darme cuenta de que muchas veces no podía recordar, por ejemplo, para qué me había levantado de mi silla para ir a buscar algo pero que ya había olvidado qué era lo que necesitaba.
En otras ocasiones, no podía recordar con certeza hacia dónde me dirigía tras caminar varias cuadras por la ciudad, o bien, yendo a hacer compras, descubría al regresar que no había comprado aquello para lo que había salido especialmente.
En casi todos estos casos, sí me era posible notar que el origen de la distracción radicaba en entusiasmos momentáneos que desviaban mi atención hacia otras cosas.
Estas observaciones confirmaban, cada vez, que la información obtenida en los libros del Cuarto Camino era cierta. Por ejemplo, Ouspensky solía citar a Gurdjieff, diciendo:

“Todos los absurdos y contradicciones de las personas y de toda la vida humana en general, se explican cuando nos damos cuenta de que las personas viven en el sueño, hacen todo en el sueño y no saben que están dormidas.” (Psicología de la evolución posible del hombre, pag. 26)

Pero, a pesar de estas reiteradas experiencias, la idea normal que predominaba en mí era la de ser consciente de mis actos, y atribuía todas estas anécdotas solo a momentos de distracción.
Sin embargo, hubo un momento determinado que recuerdo vívidamente cuando sucedió. Por fin, un día como cualquier otro, el agua de mi ducha matinal me sorprendió sin que pudiera recordar en detalle cómo había llegado hasta allí. No era un blanco total en mi mente, pero no había ningún rastro del momento en que me había quitado la camisa.
Quedé sorprendido. Miré hacia afuera de la mampara y allí estaba, perfectamente seca, en el suelo. Recordé de inmediato otros momentos de perplejidad en muchos sitios diferentes, como la vía pública, o en mi casa buscando algo que sabía que lo había tenido en la mano momentos antes, pero que no sabía dónde lo había dejado, y tuve la idea de estar ante un privilegio jamás antes considerado: la mecanicidad era una especie de protección divina, una cárcel que lo protegía en los momentos en que se olvidaba de estar presente a su propia vida. Sin ella, cualquier individuo común estaría perdido y hasta su misma vida correría peligro, como, por ejemplo, al cruzar cualquier calle en un momento de esos donde la solución un problema parece ser la única actividad existente…
Si había verdaderamente una salida al sin sentido de la vida que había estado buscando por años en la literatura, esta debía comenzar, sin dudas, por escapar a este estado donde la atención, apareciendo de manera aleatoria, era la única medida de nuestros actos y opiniones, de nuestra propia idea de todo… Era obvio que sin un esfuerzo permanente para estar allí a cada momento, solo podría esperar más momentos de confusión como el que acababa de experimentar. De pronto, el recuerdo de sí se había vuelto, para mí, algo extremadamente raro y valioso.