“Trate ahora de formular lo que notó cuando trató de observarse. Notó tres cosas: Primero, que no se recuerda a sí mismo; es decir, que no se da cuenta de sí en el momento en que trata de observarse. Segundo, que la observación se hace difícil por el torrente incesante de pensamientos, imágenes, ecos de conversaciones, fragmentos de emociones que fluyen por su mente y que muchas veces distraen su atención de la observación. Y tercero, que en el momento en que comienza la observación de sí, algo en usted comienza la imaginación, y que la observación de sí, cuando la intenta de veras, está en constante lucha con la imaginación. Este es el punto principal en el trabajo sobre sí.” – Peter Ouspensky, Psicología de la evolución posible del hombre

Cuando llegaron a mis manos los primeros libros de Gurdjieff y Ouspensky, lo que más me sorprendió era la insistencia que allí se hacía sobre que el hombre, normalmente, no se recuerda a sí mismo.  Por supuesto, como a la mayoría de las personas, me resultaba muy increíble esta afirmación.  Sin embargo, como en el párrafo que se acaba de citar, se afirma, de manera lógica, que el modo de darse cuenta de ello es intentar observarse a sí mismo, me pareció razonable intentarlo, aún sin saber muy bien qué era lo que se esperaba que hiciera.
Pero, de alguna manera, tuve éxito inmediato pues pude ver cómo todo lo que allí se decía sobre el torrente de distintos pensamientos, sensaciones y emociones, se cumplía dentro de mí a la perfección.
Alentado por el casi inesperado éxito, procuré entender qué relación podía tener esto con la referencia a la imaginación que se hacía en la última parte de ese párrafo, y allí encontré dificultades.  Había algo allí que se me escapaba, Algo que luego supe que tenía que ver con mi propia idea de lo que era la imaginación.
Para ser sincero, mientras luchaba –cuando me acordaba de hacerlo– con la inundación de pensamientos, sensaciones y emociones que seguía estando allí cada vez que intentaba repetir la observación, seguí encontrando literatura que vino, providencialmente, en mi ayuda.
Un día llegué a leer este párrafo, que de nuevo creó en mí un entendimiento un poco distinto:

“Ahora, para propósitos prácticos, el primer paso hacia esta penetración de la consciencia en el mundo molecular o mundo de las relaciones, radica en la práctica de la atención dividida. El hombre que comienza a aprender cómo dividir la atención deliberadamente entre su propio cuerpo y un objeto o persona con la que está tratando, o sea, que de modo simultáneo se da cuenta de sí mismo y de lo que lo rodea, comienza, de hecho, a vivir en un mundo de relaciones, en el mundo molecular. Ha comenzado a ser consciente de sí mismo.” – Rodney Collin, “Teoría de la influencia celestial”

La nueva comprensión fue algo parecido a esto: lo que creía que era “mí mismo,” era otra cosa.
Quizás parezca una paradoja, pero había un elemento en cada uno de mis intentos de observación de mí mismo que siempre se me había escapado. Cada vez que miraba, solo veía pensamientos, sensaciones, emociones… es decir, veía lo que estaba allí siendo observado.
En una palabra, nunca había considerado hasta entonces, que toda observación tiene dos elementos: lo que es observado y lo que lo observa, y, sin dudas, esta era una lección que compensaba el haberlo intentado tantas veces sin comprenderlo debidamente.