El reloj marca nuestro tiempo y el tiempo mide nuestra vida.  Ouspensky alguna vez recomendó usar un reloj como testigo de nuestra vida y de nuestra consciencia.
El ejercicio es muy simple y tiene la ventaja de poder hacerse en cualquier momento razonablemente tranquilo: solo consiste en sentarse de cara a un reloj y tratar de observarse, siendo sincero consigo mismo en cuanto a aceptar lo que se ve.
Puesto que debía escribir este artículo comentando los resultados logrados con este ejercicio,pareció razonable intentarlo.
El solo propósito de hacerlo ya generó una cierta resistencia. “Ya lo hiciste varias veces,” opinó alguien dentro de mi cabeza.  “No te dañará hacerlo de nuevo,” respondió otro…
De hecho, mucho tiempo de mi vida pasa en estas conversaciones internas que, por supuesto, no llevan a ninguna parte, pues solo consisten en pensamientos que retardan cualquier acción que deba hacerse.
Por fortuna, al fin me hice un espacio para el ejercicio, y este es el relato de los resultados:
El primer intento duró demasiado poco.  Ni bien me senté, alguien comentó dentro de mí, sobre la comodidad del sillón. El segundo también.  El reloj parecía poco visible desde el asiento elegido.
Esto produjo una reacción mental: “Las conversaciones internas no cejan nunca,” opinó alguien ahí adentro mientras trataba de sentarme en otra parte.
Finalmente, el experimento pudo pasar de los preparativos a la acción.  Juntando voluntad para acallar las voces internas, comencé a atender mi estado interior.  En 10 segundos, un pie se acomodó, y desencadenó una conversación interior sobre si eso debía o no tomarse como la expresión de un ‘yo.’
En unos segundos, recordé que la primera vez que hice el experimento, hace años ya, un pensamiento apareció a los 5 segundos y dijo: “Bien, pude 5 segundos… si tan solo hubiera un modo de sostener el estado…”
Eso me hizo recordar que, si bien el pie que se mueve puede considerarse un ‘yo,’ la meta no era contar cuántas expresiones mecánicas aparecían, sino sostener la capacidad de darme cuenta de ellas, de lo que ocurría en general con mi estado y si era capaz de sostener la división de la atención.
Otro intento del ejercicio más, pero sin ceder a ninguna idea lunática ni descuidada, centrando la observación en mantener la observación, tuvo un éxito algo más prolongado.  Si a cada intento de desvío caótico de la atención se renovaba el propósito, el observador duraba mucho más.  Esta era, quizás, la respuesta a mi pregunta de hace años: parte de ese modo de sostener el estado que intuí la primera vez que intenté el ejercicio.
Mucho se puede escribir sobre esto.  Sin embargo, cada uno debe encontrar su propia respuesta y esta solo aparecerá con claridad si intenta hacer este u otro ejercicio, sin darse por vencido de inmediato.