Gurdjieff Hugo Ferraguti
En mi caso, mi primera noticia sobre la existencia de Gurdjieff fue con las ácidas referencias que Pauwels y Bergier hacen de él en El retorno de los brujos (Le matin des magiciens), un libro sobre el realismo fantástico que llegó a mis manos a principios de 1960, cuando tenía 15 años.
Al no saber nada de Gurdjieff, tanta negatividad en su contra logró que, sin siquiera saber quién era y de qué se ocupaba, su nombre quedara registrado en mi memoria.
Por entonces, pregunté en una librería por Gurdjieff, pero no tuve éxito y luego ya no lo busqué más.
Pasaron los años, me casé y comencé a tener hijos. Un día de 1973, un nuevo compañero ingresó a la oficina en que trabajaba y dedicaba buena parte de su tiempo a llamar la atención de todos quienes trabajábamos allí arrojándonos clips a la cabeza con un pequeño elástico de goma. Cuando la víctima ocasional salía del mundo en el que estaba sumergido por completo y alzaba su cabeza, sorprendido, él les decía: “¡Estás dormido, despierta!” Acto seguido, comenzaba a hablar del soñar despierto, idea central de un tal… ¡Gurdjieff!
Tras compartir con él varios almuerzos, me fui enterando de las ideas del Cuarto Camino: la conducta mecánica, los distintos estados de consciencia, el sueño, los caminos al despertar, la tabla de hidrógenos… Si bien dichas ideas me llamaban la atención, fue un dicho de este compañero el que creó en mi cierta urgencia por saber más de ellas: dijo que el tiempo estaba contado, que el conocimiento era material como la arena de una playa y que, entonces, no se podía dar a quien no le interesara. Y agregó: “Ningún gimnasta puede hacer el Cristo en la anillas si comienza su entrenamiento más allá de los 28 años.” Posiblemente esta idea era falsa, pero como era la edad que estaba por cumplir (y que él no sabía), sentí una increíble urgencia por aprender más de este sistema y fui a una librería donde, por fin, conseguí un ejemplar de “Encuentros con hombres notables,” de George I. Gurdjieff, y otro de “En busca de lo milagroso, fragmentos de una enseñanza desconocida,” de un tal Peter D. Ouspensky, a quien recordaba que este compañero había nombrado.
Con la lectura de estos libros, pronto supe que el despertar solía requerir el contacto con una escuela. Busqué rastros de escuela en el turbulento Buenos Aires de la época, pero no pude encontrar ninguna pista que me condujera hacia una escuela. Cuando tres años después llegó el trágico golpe de estado, se hizo obvio que no era período favorable para que esta existiera en Buenos Aires y me dediqué a cuidar de mi familia, criar cuatro hijos, obtener mi graduación universitaria y, en general, a mejorar mi condición de “buen amo de casa,” condición esta que era muy relevante según Gurdjieff. Pasarían aún 13 años más hasta que, al fin, encontrara más interesados en trabajar sobre su nivel de consciencia. Pero esas es otra historia…